CELOS INFANTILES

 
Etimológicamente deriva del griego “tzélos”: ardor, envidia.
Es un estado afectivo caracterizado por el miedo a perder algo o alguien querido ( poder, otra persona).
            En un sentido estricto se entiende por celos el sentimiento producido por el temor de que las personas amadas prefieran a otras. se manifiesta por inseguridad en la relación con los otros, envidia, competencia y, en ocasiones, hostilidad o agresividad.
            Los celos ocasionales pueden corresponder a una fuerte intensidad de los sentimientos amorosos, pero cuando constituyen una característica permanente son la expresión de una cierta falta o incapacidad para el amor auténtico y no sólo son el resultado de una penosa reacción ante una frustración, presentan, además, la tendencia a convertirse en obsesión (según la teoría psicoanalítica a causa de que la situación que ocasiona los celos trae a la persona el recuerdo de una situación similar, más antigua, que ha sido reprimida).
            En el delirio de celos, estos aparecen sin ninguna justificación objetiva. La persona celosa falsifica e inventa los hechos para poder encontrar explicación a su sentimiento. Los celos ponen de manifiesto mecanismos de defensa muy primitivos, como la negación de lo evidente y la proyección de las fantasías propias del celoso en la conducta de los demás.
            En sentido amplio se entiende por celos la envidia que causa el que otro individuo posea o disfrute algo que uno quería para si.
            La situación creada en una familia con la llegada de un nuevo hijo suele provocar en los hermanos mayores celos por el miedo a perder el amor de los padres. Estos celos son considerados normales, carecen de significación patológica y suelen evolucionar favorablemente en un plazo más o menos largo de tiempo, siempre que los adultos que rodean al niño sigan unos comportamientos adecuados y que le den seguridad de ser amado.
            En general, y de manera imperceptible para los adultos la mayoría de las veces, ya durante el embarazo de un segundo o posterior hijo y luego durante los primeros meses tras su nacimiento, los padres suelen desviar parte de la atención que dispensaban a sus hijos anteriores para dedicarla al proceso de embarazo, el cuidado del nuevo hijo, de la madre, etc. Y estas variaciones en la atención, aunque sean mínimas, son percibidas por el hijo ya existente que puede ver peligrar su hegemonía, aunque ello no sea así en realidad.
            Cuando los celos ante los hermanos u otras personas se hacen permanentes, pueden convertirse en patológicos y requieren un tratamiento especial.
            Los celos son un transtorno emocional característico de la infancia y de alta frecuencia. No necesariamente va acompañado de conductas agresivas manifiestas. Los celos no resueltos están en la base de numerosas rivalidades fraternas y de problemas de relación interpersonal.
            Cuando los celos se convierten en patológicos aparece el problema denominado celotipia, es decir, celos exagerados o sin fundamento real, y que llevan al sujeto a conductas desadaptadas e incluso patológicas, que no solucionan el problema. Puede ser una manifestación dentro de un cuadro clínico más amplio (paranoia) o un síndrome aislado, indicador de un cierto desajuste de personalidad.
            La rivalidad fraterna mencionada anteriormente suele aparecer durante el segundo año de vida, especialmente relacionada con el juego entre niños y con el fin de llamar la atención de los adultos. Suele estar ocasionada por el advenimiento o presencia de un hermano.
            La rivalidad fraterna no necesariamente acarrea transtornos del comportamiento, tiene también aspectos positivos, pues ayuda a madurar la personalidad del niño. Es la primera rivalidad que percibe el niño en la competencia de la vida y puede ser afirmativa del carácter. Se origina en el deseo del niño de acaparar a la madre. La relación entre hermanos se caracteriza por una ambivalencia afectiva: agresividad - afecto (no pueden estar juntos pero tampoco pueden estar separados). Estos dos sentimientos (agresividad y afecto) están dirigidos hacia el mismo objetivo: el hermano, y por ese motivo mutuamente se moderan.
            Si la rivalidad que se considera normal se transforma en celos, hay que estudiar las actitudes de los padres, que en general se consideran responsables de la patología en las relaciones entre hermanos.
            Los transtornos del comportamiento originados por los celos pueden manifestarse con agresiones directas, aunque en ocasiones puede prescindirse del hermano. Son muy frecuentes las conductas regresivas de todo tipo, los síntomas somáticos por depresiones, etc. Nunca falta un rasgo común en todas ellas, el sufrimiento del niño, acompañado de sentimiento de culpabilidad.
            Hay que tener especial cuidado cuando el nacimiento del nuevo hermano se produce en una etapa evolutiva en la que el niño es especialmente vulnerable (destete, salida de la habitación de los padres, educación del control de esfínteres, ingreso en el colegio, etc.) ya que no es conveniente acumular excesivas frustraciones en el niño.
            Cuando el niño tiene edad suficiente debe realizarse una exploración con tests proyectivos, pues los celos producen en el que los padece sentimientos de culpabilidad, disminución de la autoestima y vergüenza, que produce una especial dificultad para la expresión verbal de dicho sentimiento.
            El tratamiento debe ser psicoterápico, dirigido por un lado a modificar las actitudes de los padres y, por otro, a procurar que el niño pueda expresar sus sentimientos. Cuando se consigue modificar las actitudes de los padres el pronóstico es bueno.
            Cuando los celos conllevan agresividad, la acción violenta puede ir dirigida contra uno mismo o contra otros (ya sea el hermano, los padres, otras personas o incluso animales u objetos), tanto si la agresividad es física como verbal.
            La agresividad es una respuesta a una agresión recibida (sea real o imaginaria), que puede derivar en una forma de conseguir placer.
            La naturaleza da a las personas la capacidad para la violencia (según los psicólogos del aprendizaje), pero depende de las circunstancias sociales que ejerzamos esa capacidad. Según estos psicólogos, el niño aprende los comportamientos agresivos por imitación de modelos (aprendizaje vicario). La identificación, en especial con las figuras paternas, es importante en el aprendizaje de los tipos de conducta agresiva. Así, los sistemas familiares que permiten un control de la conducta mediante la utilización del dolor o el castigo físico, producen niños que exhiben un elevado índice de respuestas agresivas.
 
 
  
COMO DESENMASCARAR LOS CELOS
 
            El "resfriado común”
 
            El tratar de eliminar los celos por completo es como tratar de evitar que el niño pesque jamás un resfriado común. Algo que no se puede hacer. Los celos forman parte indivisible de la vida.
            Todos hemos sentido sus tormentos, y sabemos que los celos desembocan en sentimientos y conductas que causan angustia. Nuestra experiencia personal y la negativa de nuestra cultura a aceptar los sentimientos negativos en general nos llevan a enseñar a los niños que los celos son una equivocación. Sin embargo, ellos siguen alentando el sentimiento a pesar de nuestros mejores sermones, y aun cuando en el proceso se sientan culpables y menos valiosos. Raras son las personas que ven en los celos la máscara que realmente son.
 
            Lo que dicen los celos
 
            ¿Qué tiene que tener otra persona para que sintamos celos de ella? ¿Más habilidad, más atractivo, más confianza en sí misma? ¿Más prestigio, status o dinero? En realidad lo que produce este sentimiento es inmaterial; el hecho es quelos celos se producen cuando nos sentimos en desventaja.
            Para quien se siente seguro en lo más alto de los terrenos de la vida que le interesan, los celos no existen. Esta emoción enmascara la convicción de que somos desafortunados. Es la angustia que grita: “Me siento amenazado, engañado, inseguro o excluido.” También puede significar “Temo compartirte por miedo de que no regreses conmigo”, y hasta “No me agrado a mí mismo”.
            Intenso y generalizado o suave y parcial, el sentimiento de los celos significa que uno se siente por debajo de lo que le resulta cómodo. E1 que la desventaja sea real o imaginaria no importa. Loscelos son siempre reales para la persona que los siente.
 
            Por qué sienten celos los niños
 
            La naturaleza misma de la vida familiar presenta desventajas intrínsecas para los hermanos. Todo niño anhela el amor y la atención exclusivos de sus padres; quiere ser amado al máximo. Este anhelo hace inevitables los celos en familia.
            Basta imaginar la vida en una sociedad que permita la poligamia para apreciar la situación en que se encuentran los niños. En esas sociedades, las rivalidades entre esposas presentan un verdadero problema. Para alcanzar la posición de favorita, las mujeres recurren a toda clase de maniobras. Imaginemos ser una mujer que viva en esa cultura. ¿Acaso no nos gustaría ocupar la posición número uno, o por lo menos tener de vez en cuando pruebas de que todavíaocupamos un lugar elevado en el afecto de nuestro esposo? ¿No buscaríamos la oportunidad de aguijonear a nuestras rivales y crearles problemas? Lo más probable es que anheláramos deshacernos de ellas, que serían como espinas en nuestras vidas.
            Los niños se encuentran precisamente en esa posición. Roberto ve cómo su madre emplea largas horas en cubrir las necesidades de su hermano recién nacido, y los celos comienzan a morderlo. La rizada Juanita ve como su madre arregla todas las noches el pelo lacio de su hermana, y le gustaría tener una excusa para recibir la misma atención. Sara nota cómo su hermana realiza sus tareas escolares en un santiamén, mientras que para ella, cada renglón es una batalla.
            Todo niño vive en cierta medida a la sombra de otro niño de la familia, y se siente en desventaja respecto del otro en algún tópico. Ni el hijo único está libre de ese sentimiento. Este se siente celoso de otros chicos, y acaso desearía tener hermanos y hermanas. Tal vez envidie la atención que sus padres se dispensan el uno al otro.
            Los celos son cosa tan normal, que el hecho de que los hermanos sean siempre comprensivos y considerados entre sí puede querer decir que no sienten la seguridad necesaria para expresar sus verdaderos sentimientos. En el extremo opuesto, cuando los celos componen el tema principal de la vida de un niño, este se encuentra en dificultades. Cualquiera de las dos situaciones -la falta completa de celos y la presencia constante de los mismos - significa que el niño necesita ayuda.
            La meta ha de consistir no en eliminar por completo su presencia, sino en reducir el número de las situaciones que los causan, y en trabajar con el sentimiento cuando este se presente.
 
            Ventajas de la rivalidad
 
            Tal vez parezca que las rivalidades entre niños no produjeran beneficios. Sin embargo, los hermanos ayudan al niño a enfrentar una de las realidades de la vida: uno no puede recibir atención exclusiva, ni gozar de todas las ventajas. Es esta una lección difícil, especialmente para el niño pequeño, que tiene que aprender que el amor no es como los pasteles: el amor compartido no tiene por qué significar menos amor.
            Los hermanos ayudan al niño a dar y tomar dentro del círculo familiar. Le brindan experiencias invalorables en cuanto a compartir y comprometerse, lecciones cuya mayor parte debe el hijo único aprender fuera del hogar. Y cuando las rivalidades se manejan constructivamente, el chico aprende que las fuerzas de los demás nada quitan a su propio valor como persona.
            Las rivalidades familiares normales amenguan la el egocentrismo infantil, y desarrollan fuerzas y recursos internos. Por incómodas que sean, brindan experiencia en el trato con los demás.
 
            Reducción de los celos
 
            Como en el caso de la ira, es prudente reducir la cantidad de ocasiones en que el niño se siente en desventaja. En término primero y principal, cuando se ayuda al chico a elevar su autoestima, se aminora su convicción de ser desafortunado. La confianza en sí mismo es un baluarte contra el sentimiento de estar por debajo de todos los demás. El niño convencido de su propio valor se siente menos amenazado por las ventajas de los demás. Y puede tolerar el tener que compartir el afecto de sus padres, porque sabe que posee un sólido lugar en los corazones de estos.
            El niño que se supone inepto y poco valioso se siente dominado por los celos la mayor parte del tiempo. Sin fe en sí mismo, se siente defraudado a cada instante. Tiene que arrebatar lo que pueda, y buscar oportunidades para disminuir a los demás. No puede darse el lujo de compartir el tiempo y la atención de sus mayores.
            Todo niño se lleva mejor con los demás ‑incluso sus hermanos ‑ cuando gusta de sí mismo y está en paz consigo mismo.
Los niños que se auto respetan son celosos menos a menudo.
            Podrán experimentar brotes de celos, pero sus experiencias positivas y la fe en sí mismos hacen que esos brotes duren poco.
            Trabajemos con cada niño, para desarrollar sus intereses y talentos especiales. Tratemos a cada uno como individuo aparte.El responsabilizar a uno por la mala conducta de otro suscita sentimientos intensos. El adolescente Simón comenta: “Cuando mi hermano abolló el guardabarros del coche, papá nos quitó las llaves a los dos. Yo no estaba siquiera con Tito cuando él chocó. Papá cree que si Tito rompe el coche, yo también lo haré. Siempre ocurre lo mismo: nos trata como si no fuéramos personas distintas.”
            Los encuentros seguros son antídotos para los celos. Bernardo se siente desdichado porque no lo eligieron capitán del equipo de fútbol, pero su disgusto se alivia cuando su padre programa reuniones especiales, a solas con él. Enrique se siente desgraciado por ser menos alto y fuerte que su hermano. pero siente que sus padres lo aprecian sin tener en cuenta su estatura y su vigor.
            Rara vez siente uno realmente lo mismo hacia todos sus hijos y en todo momento, y tampoco trata siempre a todos de la misma manera. Pero cuando uno de nuestros chicos resulta repetidas veces el favorito, todo está preparado para que surjan profundos resentimientos en los demás.
            Si uno prefiere constantemente a uno de sus hijos, debe mirar en su interior para descubrir la causa del favoritismo. ¿Presenta el menos favorecido rasgos que nos disgustan? (Recordemos que, muchas veces, el rasgo que nos disgusta en un niño es el mismo que rechazamos en nosotros mismos.) El reconocer y elaborar esa cualidad nuestra nos permitirá aceptar mejor al niño afectado.
            Los padres solemos tomar al niño como salida para nuestras necesidades insatisfechas, e impulsarlo en forma indebida. Semejante trato produce en el que lo recibe celos intensos hacia sus hermanos, a quienes no se presiona como a él.
            Cuando existen celos, examinemos la situación de nuestra familia, y veamos si efectivamente no damos a uno de los hijos ventajas sobre los demás. Es tentador, por ejemplo, el transformar a la hija mayor en madre asistente. Pero si no le ofrecernos compensaciones por ello, es probable que desarrolle intenso resentimiento contra sus hermanos menores, debido a la posición despreocupada de estos en el seno de la familia. Se hizo a Ana responsable de la conducta de sus hermanos menores. Cuando estos fastidiaban ella sufría. Se sentía decididamente en desventaja.
            El trato desigual fundado en la edad (“Cuando tengas diez años podrás quedarte levantada hasta tarde, como Guillermo.”) es más fácil de aceptar que el que se funda en el sexo (“Las niñas no deben hablar a gritos; eso no es propio de señoritas”.) Cuando el trato no es similar debido a la edad, el chico tiene por lo menos una oportunidad para el futuro. Pero cuando la diferencia se debe al sexo, la criatura se siente atrapada, y puede llegar a resentir y rechazar su propio sexo.
            La comparación es el camino más seguro hacia los celos. Puesto que los celos provienen de sentirse “menos que” otro, las comparaciones no hacen más que avivar las llamas.
            No veo por qué no estudias como tu hermana. Nunca tengo que recordárselo a ella.
            Carlos no derrocha su dinero, como tú. Tiene motocicleta, porque ahorró de su asignación. ¡A ti, en cambio, no te queda qué enseñar de tu dinero!
            Las observaciones como estas ‑moneda corriente en miles de hogares ‑ son veneno puro. Un veneno que garantiza los celos, el resentimiento y la ineptitud. Machacan al niño con que él es menos que otro. Para comprenderlo, imaginemos cómo nos sentiríamos si nuestro jefe nos espetase: “¿Por qué no entrega sus informes a tiempo, como Fernández? ¡El jamás excede el plazo! “ Aunque la observación sirva para que uno se enmiende, no nos gustará que nos pongan a otros por ejemplo. Si nos sueltan una observación como aquella, lo más probable es que nos deleite ver fallar a Fernández, y hasta que busquemos la ocasión de jugarle alguna mala pasada ante el jefe.
            Aunque jamás empleemos palabras de comparación con nuestros niños, nuestro pensamiento en tales términos se comunica en forma no verbal y puesto que, en nuestra cultura, la comparación es desenfrenada, es necesario recordar constantemente que cada niño es único, y que compararlo con otros está fuera de lugar.
Las comparaciones sólo corroen la autoestima, y fomentan los sentimientos de ineptitud.
            La mayoría de los niños hace sus propias comparaciones sin necesidad de las nuestras; en realidad, el enseñar a los chicos a no compararse con los demás es tarea más que ardua.
            Para aminorar las rivalidades, debemos hacer saber directamente al niño lo que sentimos acerca de sus acciones (con “reacciones del yo”). Nada de presentarle brillantes ejemplos de la conducta modelo de otras personas.
            Los celos innecesarios se previenen cuando construimos la autoestima del niño, evitamos someterlo a trato desigual, rehusamos a utilizarlo para cubrir nuestras necesidades insatisfechas y evitamos compararlo con los demás.
 
 
            La atmósfera familiar influye sobre los celos
 
            El clima que existe en el hogar afectará la cantidad de rivalidades que haya en él.
            Los miembros de la familia de Jorge se agradaban básicamente los unos a los otros. Los padres se respetaban y ayudaban entre sí. Y una atmósfera tranquila, en la que la gente importaba más que las cosas, daba poco lugar a las fricciones familiares. Como grupo, la familia compartía muchas actividades; no obstante, todos se sentían libres para empeñarse en actividades separadas y se complacían en llevar extraños a su casa. Las normas de la familia se elaboraban en forma cooperativa, de manera de respetar las necesidades de cada uno. Naturalmente, Jorge tenía una actitud de dar y tomar por igual, se sentía valorado, y rara vez sentía celos de sus hermanas y hermanos.
            Paulina, en cambio, provenía de un hogar riguroso en extremo, en el que sólo se daba preferencia a las necesidades del padre. La niña había observado que, por mucho empeño que pusiera su madre en las cosas, su padre nunca estaba conforme. El clima era de sospecha y de acuciante ambición de perfección, posesiones materiales y status; se alentaba activamente la competencia entre los niños. La familia vivía en la comparación constante, con poco calor y poco humor. Los chicos tenían que atropellarse y luchar por las escasas migajas de afecto que les arrojaban de vez en cuando. El ambiente general de la familia era tal, que nadie agradaba a ninguno de los otros.
            Nada tiene de extraño el que Paulina considerase que el ser niña era una desventaja, ni el que los celos alcanzaran altos niveles en su casa. Paulina se sentía profundamente inepta, y vivía con la sospecha de que todos habían sido mejor dotados que ella. Siempre estaba dispuesta a discutir y pelear por la menor trivialidad.
            La forma en que cada uno de nosotros vive con su cónyuge, la forma en que se dividan las responsabilidades del hogar y la forma en que se satisfagan las necesidades de todos guardan relación directa con el ánimo de la familia, y con los celos que se desatan en ella. Todo clima familiar de tranquilidad, aceptación y cooperación reduce el número de veces en que un niño se siente en desventaja.
 
            Tiempos de estallido
 
            Los celos prevalecen durante ciertos períodos de la vida de todo niño. Si no perdemos de vista este concepto, estaremos siempre preparados para ayudar.
            Casi todos sabemos que el nacimiento de un bebé desata los celos de sus hermanos. Por mucho que hayan anhelado la negada del nuevo ser, son proclives a sentirse desplazados, especialmente cuando la novedad deja de serlo, y el niño se transforma en un inconveniente personal.
            Se puede prever un incremento en los celos cada vez que el niño deba enfrentarse a una nueva tarea propia de una nueva etapa de su desarrollo, ya que la situación lo hará sentirse menos seguro de sí mismo. La inseguridad interna lo sensibiliza a las ventajas de que él supone disfrutan los otros, sean cuales fueren los hechos reales.
            Existen otros acontecimientos capaces de causar inseguridad y aumentar la probabilidad de los celos. El ingreso en la escuela, la adaptación a una maestra nueva, el tener que dejar a los amigos para mudarse, la llegada a un nuevo vecindario, el tener que atender a materias escolares más rígidas, la adaptación a la separación, la muerte o el divorcio en la familia: toda presión nueva puede provocar explosiones en los niños.
            Los celos son más agudos cuando se producen entre niños del mismo sexo y de edades similares. Tomás y Ricardo, que tienen respectivamente cuatro y cinco años, necesitan por igual el contacto estrecho de su madre. Sus batallas son mucho más intensas que las que ocurrirían si uno de ellos tuviese cuatro años y el otro quince.
            Cada vez que el niño se vea sometido a presiones internas o externas capaces de amenazar su sentido de la propia aptitud, démosle apoyo empático.
 
 
                Manejo constructivo de los celos
 
            Aunque reduzcamos el número de las situaciones que fomentan los celos, estas seguirán presentándose en diversas oportunidades. Nuestra función no consistirá en determinar si nuestro hijo debiera o no alentar ese sentimiento, sino en trabajar con los celos como cosa real para el chico.
            Los celos cuentan con mecanismos de aislamiento especiales contra el razonamiento y la lógica. La manera más constructiva de reducir los sentimientos negativos de cualquier índole consiste en alentar su expresión ‑mediante palabras, dibujos, pintura, música, arcilla, representación dramática, etcétera- desde el punto de vista del niño. El niño que siente celos se desvive por que lo comprendan empáticamente.
            Los celos que nos parecen ilógicos nos resultan particularmente difíciles de aceptar. No obstante, casi todos sabemos por experiencia propia que los sentimientos no siempre son lógicos. La creencia por parte del niño de que se le excluye o se le engaña puede no coincidir con los hechos, pero eso está fuera de la cuestión. Lo que importa es que él se siente desdichado en ese mismo momento. Y nos toca trabajar con lo que él siente en el momento; de lo contrario, podría llegar a la conclusión: “Mis padres no me comprenden”.
            Veamos un planteamiento típico de celos, de la clase de los que, de tanto en tanto, estallan en el seno de la mayoría de las familias:
            ‑¡Vosotros hacéis más por Alfredo que por mí! ‑ gime Eugenio.
            -¡Oh Eugenio, qué ridiculez! ‑responde su padre. ‑ ¿No empleo las tardes de todos los sábados en llevarte a que juegues tu campeonato de rugby? ¿No te compramos una bicicleta para Navidad? ¿Y no vas todos los veranos al campamento de scouts? Cada excursión de esas nos cuesta tanto y tanto, y todavía nunca hemos gastado esas cantidades de dinero en ninguna diversión de Alfredo. ¡La verdad es que tú tienes muchos más privilegios que él, de modo que ya puedes acabar con esa música!
            El padre de Eugenio acaba de bombardear a su hijo con pruebas de que no existen razones lógicas para sentir lo que siente. ¿Cómo podría este padre aceptar un sentimiento irracional que no se ajuste a la realidad? El hecho es que los sentimientos pueden ser irracionales, pero cuando uno los acepta como legítimos por el mero hecho de que existan, el niño define los tópicos reales, y se hace más realista en sus reacciones. Si tratamos de discutir la existencia de los celos, sólo lograremos convencer aun más al niño de su infortunio.
            ¿De qué manera podría el padre de Eugenio encarar más constructivamente los sentimientos de su hijo?
            ‑ ¡ Vosotros hacéis más por Alfredo que por mí! ‑ gime Eugenio.
            ‑ Parece que te sientes mal tratado ‑ responde el padre que trata de introducirse en el mundo de su hijo.
            ‑ Sí, todas las noches lo sentáis en las rodillas y le leéis esos estúpidos cuentos para bebés ‑, dice Eugenio, ahora con una sonrisa afectada. (Puesto que su primer sentimiento se aceptó, Eugenio deja que su padre llegue a lo que realmente lo hiere.)
            ‑ No quieres que reciba ese trato de mí ‑refleja el padre.
            ‑ Bueno ¿y por qué voy a querer? ¡Sólo porque es pequeño, recibe toda clase de atenciones especiales, como si fuera el privilegiado de la casa o algo así!
            (¡Qué tentación, en este momento, la de recordar a Eugenio que él tuvo lo mismo cuando era pequeño! Sin embargo, un mensaje semejante cortaría toda comunicación ulterior. El hacerle recordar algo que recibió cinco años atrás no afectará sus sentimientos actuales. Veamos cómo la insistencia en la empatía hace aflorar el verdadero problema.)
            ‑ Es difícil compartirme con Alfredo ‑ dice el padre.
            ‑ Claro que lo es, papá ‑dice Eugenio tiernamente. ‑Es cierto que te pasas todas los sábados por la tarde conmigo en el club, pero eso es sólo una vez por semana. Alfredo te tiene todas las noches.
            ‑ Te gustaría que yo te dedicase tiempo un poco más a menudo, ¿eh?
            ‑ Sí. Quizá si el sábado a la tarde yo fuese al club con Roberto y su padre, tú podrías disponer todas las noches, después de que Alfredo se acuesta, de veinte minutos para jugar a las damas conmigo. No quiero que me leas como a un bebé, pero me gustaría mucho jugar una o dos partidas de damas.
            La empatía permitió al padre de Eugenio llegar a la fuente del problema, y al niño deshacerse de la idea irracional de que su padre hacía más por su hermano que por él. Eugenio pudo considerar las limitaciones de tiempo de su padre, y juntos pudieron elaborar una solución que satisfará su deseo de tener a su padre para él solo más a menudo.
            En el siguiente ejemplo, una madre ayuda a su hija a expresar sus celos, tanto mediante palabras como por medio de acciones.
            Odio a Juanita ‑sollozó Marta una noche ‑, ¡o se va ella, o me voy yo!
            - No puedes conseguir nada de tu hermana ‑, respondió empáticamente la madre.
            ‑ No, no puedo. ¡Es tan dura! ¡No consigo pegarle con bastante fuerza para hacerla llorar! (Marta se aparta del código de la ira, levanta la máscara de los celos y revela sentimientos de frustración e ineptitud.)
            ‑ Te gustaría ser la fuerte de la familia, para por lo menos poder empatar de vez en cuando.
            ‑ Claro. Pero no hay forma. Siempre será más fuerte que yo.
            ‑ Parece que nunca podrás igualar la partida..
            ‑ Eso es, mamá dijo Marta más tranquila ‑ no hay manera de reconciliarnos, así que quiero que se vaya.
            ‑ Parece la única salida: deshacerse de ella ‑ reflejó su madre.
            ‑ Sí, sólo que yo sé que no vas a hacer eso. (Aquí, Marta reconoce que su deseo no es realista. Tal deseo es normal para cualquiera que sienta que siempre será el más débil, pero sin necesidad de que su madre le haga ver la lógica del asunto, ella conoce los hechos. La comprensión empática que recibe de su madre aumenta la probabilidad de que se pueda enfrentar y se enfrente a la realidad.)
            ‑ No ‑, respondió la madre. ‑No puedo deshacerme de ella, pero tú puedes imaginarte que esta muñeca es Juanita, y hacer con ella lo que quieras. (La madre establece los límites de la conducta, pero ofrece a Marta una salida aceptable para los sentimientos intensos que necesitan expresión.)
            En seguida, Marta comenzó a estrellar la muñeca contra el piso, a saltar sobre ella, a gritarle “¡Estúpida, grandota, fortachona! ¡Ahora no eres tan fuerte; ahora ves quién es la fuerte aquí! ¡Tú eres la pequeña y la débil, y yo voy a hacerte papilla! ¡Estúpida, insignificante, floja!” Iracunda, Marta zurraba a la muñeca, mientras le gritaba, una y otra vez: “¡Tú eres la pequeña! ¡Toma esto y esto y esto! "
            Mientras su madre continuaba con ella, expresando su sentimiento con palabras, Marta ventilaba su furia. Por último, levantó la vista y concluyó: “Estoy cansada. Me voy a dormir.”
            Puesto que no estaba segura de que el sentimiento de hallarse en inferioridad de condiciones de Marta se hubiese desahogado por completo, la madre se mantuvo preparada para arrostrar nuevas sesiones de ventilación. Sin embargo, Marta se levantó con el mejor de los humores, y hasta se ofreció para poner manteca en las tostadas de su hermana. La tormenta había pasado; se habían reconducido los sentimientos de manera tal que permitía la expresión del afecto que también sentía la niña hacia su hermana. Podrán presentarse ‑y es probable que lo hagan ‑ otros momentos en que Marta se rebele contra la fuerza de su hermana mayor, pero su madre podrá ayudarla a reconducir tales sentimientos a medida que se presenten.
            Al dispensar atención empática y salidas seguras, la madre de Marta trabaja constructivamente con los sentimientos de su hija. No le ofrece soluciones, ni razones, ni condolencias, ni juicios. Se remite a estar con su hija, y a tratar de comprender cómo experimenta ella su propio mundo. En cuanto a Marta, no la han hecho sentirse “mala” debido a sus celos y su ira. Sus sentimientos negativos se disiparon cuando tuvieron expresión y aceptación como cosa real para ella.
            Muchos niños son menos dotados por la naturaleza que sus hermanos y hermanas. Es natural que alienten ciertos sentimientos respecto de tales desventajas. La comprensión empática bien puede ayudarlos a aceptar lo inevitable.
            En muchas ocasiones, uno de los niños de la familia recibe privilegios especiales en virtud de su edad o de otras circunstancias especiales. Cuando ello ocurra, podemos aliviar los celos si otorgamos a los otros niños de la familia privilegios compensatorios; cuando ello no sea posible, ayudémoslos a sobrellevar sus desventajas mediante la comprensión de lo que sienten.
            La empatía equivale a decir: “No eres menos digno de amor ni menos valioso debido a tus sentimientos.” Nuestra renuencia a aceptar los celos de los niños hace que estos se sientan culpables, menos queridos y poco valiosos. La falta de aceptación de los sentimientos siempre conspira contra la autoestima.
 
            Los signos de los celos
 
            A menudo, el niño no revela directamente los sentimientos que se esconden tras sus celos. No dice “Temo compartirte”, ni “Me siento excluido”. De hecho, puede no tener siquiera conciencia plena de la índole del problema.
            Lo más común es que hable en código. Nos sacude con un resonante “juicio del tú” (tal vez, porque amolda su manera de hablar a la nuestra), cuando dice “Tú no me quieres”, o “Siempre haces lo que quiere Carlota”. Entonces, y debido a que no advertirnos que hay un código de por medio, respondemos al mensaje literal de sus palabras. “Pero hombre, cómo no voy a quererte”, o “Eso no es cierto. Trabajo horas extra para ser justo tanto con Carlota como contigo”, son nuestras respuestas. Pero como no hemos prestado atención al sentimiento subyacente, los hechos que podamos esgrimir no impresionan al niño; no tocan su convicción de que lo discriminamos.
            Con frecuencia, la única clave de que disponemos para sospechar que el niño se siente desafortunado consiste en el hecho de que se muestre enfadado sin razón y parezca ansioso por pelear, o bien que empiece a hablar mal de otro niño. Los seres humanos operamos de acuerdo con el principio de los sistemas de poleas. Cuando nos sentimos por debajo, tratarnos de hacer que desciendan los que nos rodean, en especial los que están tan alto como para hacemos sentir incómodos. Es como si supusiéramos que al rebajar al otro, nos elevaremos nosotros.
            Otro de los síntomas de los celos puede ser el súbito incremento de la dependencia. Clara, de seis años, demostró sus verdaderos sentimientos hacia su hermano recién nacido mediante el recurso de volver a mojar las sábanas, chuparse el pulgar y colgarse de las faldas de su madre.
            Una señal sutil de celos es el aumento en la demanda de cosas. Cuando el niño comienza repentinamente a exigir más y más elementos materiales, tal vez lo que necesita no sean más juguetes, sino más de nuestro tiempo, tiempo de atención concentrada.
            Muchos de los niños que se sienten defraudados empiezan de pronto a comportarse indebidamente. Pedro pone el volumen de la televisión en el nivel que rompe los tímpanos cada vez que su padre ayuda a su hermano menor en las tareas escolares. Es esa una manera infantil de decir que él también quiere que lo atiendan.
            ‑ Cuando hice intervenir a Pedro en las tareas escolares de su hermano ‑ relata su padre, ‑ cuando le di la ocasión de enseñara su hermano a resolver los problemas a su alcance, se acabaron las payasadas. Pedro comenzó a demostrar verdadero orgullo por los adelantos de su hermano, y toda su actitud cambió. (Por supuesto: sintió que tenía una importante contribución que hacer, que él importaba. Y entonces, no quedaba razón para los celos.)
            Cuando los niños se sienten desdichados, tratan de decírnoslo en forma directa o indirecta. Rara vez resulta útil responder a su código directamente. Nuestra gran tarea consiste en ser empáticos. Todo niño debe sentirse comprendido, incluido e importante. Cuando está seguro de todo ello, no necesita emplear artilugios para eliminar sus desventajas: se siente feliz y confiado de que no lo defraudan.